![]() |
![]() |
|||||||||||||
![]() |
||||||||||||||
|
CONFESIONES DE UN INGRATO Es una noche de invierno, tan severa que las estrellas se hacen sustitutas de la luna. El cielo, con su traje de luces, se prepara para la fiesta organizada por el frío y los débiles rayos de las farolas piropean a la oscuridad. Yo estoy asomado a la ventana, después de una larga discusión con la almohada, donde me refugio de la perdición, en el seno de un pueblo del poniente que nos acoge a todos, los invasores de la tierra prometida, aquí lanzando miradas al aire, intentando cazar algunos recuerdos. La lluvia a punto de finalizar su hazaña obedeciendo a su dueño, dejando huellas de charcos de agua. En ese instante me visita una idea que me empuja a departir con la noche, a sujetar el otro extremo de cuerda de una larga tertulia dejando atrás todo un día de trabajo. Son las dos de la madrugada y mi vaso se despide de sus últimas gotas al borde de mis labios. Buceando en el mar de mis pensamientos he oído pasos que venían de cerca, haciendo un ruido que iba creciendo conforme se acercaba. Era un anciano que iba consumiendo distancias, caminando por la acera de la calle; llevaba calada una gorra de color negro, sucia, vieja, que se me antojaba a pasar allí el resto de su existencia sin el mínimo a reclamar. Su cuerpo torcido por el tiempo, devorado, arrastrando años y años de una existencia absurda y provocando sus pasos un ruido que se mezclaba mal con el silencio, "componiendo una sinfonía bajo el título de una soledad". Este espectáculo ha causado una parálisis total de mi memoria congelándola mientras yo contemplaba al anciano, invadiéndolo con mis miradas perdidas casi capaces de traspasarlo. Estaba pensando en mis historias y me asaltó el miedo de que pudieran convertirse en las de este pobre diablo. Pero lo rechazo echando pasos atrás hacia el camino de mis recuerdos más frescos, pensando en la metamorfosis que estaba sufriendo, intenté volver a digerir de nuevo los días y las noches que había encajado sobreviviendo en esta tierra a la que llegué como cualquier golondrina que huye de un frío artificial. Sí, vine a esta tierra que se halla al otro lado del estrechísimo Estrecho del Mediterráneo, recuerdo que llevaba por equipaje un visado, ropa, pasteles hechos por las manos de mi santa madre y un libro. Sabía que lo que oía allí sobre Occidente eran solo promesas falsas y que la vida me escondería algunas sorpresas más, sabía que me esperaba una odisea, sabía que jugaba a la ruleta rusa. Paseaba por muchas estaciones, cruzando el mapa, fiel a la brújula de mi destino. Las esquinas eran para mí hoteles de mil estrellas, y me acuerdo sólo de una, en la cual tuve que dormir una noche, y ahora que la puedo ver desde la ventana de la casa de un gran amigo se me dibuja la sonrisa irónica de un ingrato. Más tarde, muy lejos ya de las esquinas me ganaba la vida persiguiendo aquel rebuscado privilegio de no pasar hambre bajo los techos de los infiernos obediente a los mandamiento de vacíos vampiros que duermen de día y se esconden de noche los que se alimentan a base de las gotas del sudor de sus sumisas víctimas sin causarles la muerte, sino una agonía eterna, en el seno de las culturas de los pimientos y pepinos. De pronto descubrí que mis brazos eran tan débiles que no podían aguantar un bolígrafo. Pero sí un "mancaje": pasó el tiempo y me robó un año de mi vida, di muchas vueltas y descubrí que la vida era un globo que giraba en torno a mí, hasta que un día me pregunté: ¿Dónde estarán los días en que madrugaba para acudir a tantos sitios, para regar el árbol de mis sueño, con el afán, la ambición y la esperanza? ¿POR ESO HE VENIDO HASTA AQUÍ?. Y no era tan tarde, me compré un bolígrafo, un cuaderno y una carpeta, me llevó un hombre cuya inmensa barba me pareció contener la abundancia de su sabiduría, a un templo donde recobré la visión y vi la luz muy clara, donde se descongelaban los ingredientes de mi cerebro y respiré un aire muy puro: estaba vivo. Volví al paraíso, allí conocí a gente que yo ignoraba su existencia de otra cultura muy lejos del pepino y del pimiento. Empecé a pensar y a existir. Sin embargo mis manos -o más bien mi estomago- echaban de menos al mancaje, insistían en que no dejara que aquel privilegio se escapara. Me encontraba entonces entre el paraíso y el infierno. Así podía sobrevivir, pero otras razones me movían hacia mi lugar de origen, ya saben: la tierra, la familia, la gente...etc. Y no podía hacerlo porque me dijeron que yo era "persona ilegal", lo cual me transplantó el miedo de que algún día me cogieran y me echaran al otro lado del estrechísimo Estrecho donde sufriría el frío artificial al lugar donde las gacelas tiran de carros llenos de agravios, donde los limoneros producen piedras, un lugar de cuyo nombre no quiero recordar. De manera que para pasear libremente por las calles tenía que llevar siempre bajo el brazo una carpeta para disimular mi perentoria situación "ilegal". Duró mucho este "divertido" juego al que tenía que añadir el riesgo que suponía correr, porque podría atraer la atención de los uniformados. De vez en cuando me molestaban preguntándome "quién eres, de dónde vienes, a dónde vas". Después de tres años de alojarme en el hotel de la burocracia me llamaron para traer dos papeles y dos fotos. Fui y pagué 700 pesetas y, a cambio de todo aquello, me regalaron una tarjeta mágica. No soy ahora una "persona ilegal" ¿y la carpeta?... pues,
la llevaré cuando me haga falta. Pero lo más irónico
¿puede creerlo, vuestra merced? es que valga 700 pesetas la tarjeta
mágica, 700 pesetas la libertad, 700 pesetas salir sin carpeta.
Una carpeta a la que debo mucho pero cuyo recuerdo me vuelve irremediablemente
ingrato. Abdel Mountal Ib Driyaf |
||||
| |
||||