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Mi Testimonio. ¡Ya han pasado 9 años! Han pasado nueve años desde que mis superiores me propusieron como destino comunitario en el que ejercer mi vocación mercedaria la Casa del Refugiado, un proyecto carismático abierto en 1986 por la provincia de Castilla de los Mercedarios. En la actualidad el nombre del programa se ha estirado considerablemente: LA MERCED, Casas de Refugiados e Inmigrantes Menores y Jóvenes no acompañados. Creo que no puse demasiadas objeciones a ese ofrecimiento, no tanto por respeto al Voto de Obediencia cuanto por deseo de novedad y afán de asumir nuevos retos. No estoy hecho para la vida sosegada y regular, de ahí que -lo reconozco- se me terminen perdiendo por el camino algún que otro rezo de las horas y más de una reunión comunitaria. No lo digo como mérito, aunque tampoco quiero que suene como mea culpa; digamos que es un simple dato objetivo. Los nuevos retos remueven la adrenalina, pero no evitan el miedo -terror, en mi caso- ante lo que desconoces. Y yo, sinceramente, del mundo de la inmigración y de las vivencias y necesidades de los refugiados menores no sabía absolutamente nada. A día de hoy la mayor parte de mis "amigos del alma" son de distintos países, pero en ese momento apenas si conocía de pasada a algún que otro "extranjero" -¡qué palabra más horrible!-. Mi desconocimiento sobre leyes y respuestas educativas específicas era aún mayor. Con todo y con eso, me lié una manta a la cabeza y encomendándome a Dios, que no al diablo, dije que sí. ¡Bendita sea la hora! Ya sé que es un topicazo como la copa de un pino el sugerir siquiera lo mucho que aprendemos de los alumnos, de los catequizandos, de los marginados, de los niños, de los ancianos, etc. De todas las maneras, lo confieso y proclamo sin ningún rubor: los menores y jóvenes refugiados e inmigrantes con los que he convivido durante estos nueve años han sido algunos de mis mejores educadores, por valientes, por haber salido íntegros de situaciones de violencia y desarraigo, por no permitirnos nunca que les diésemos los mínimos, por ser exigentes con nosotros habiéndolo sido primero con ellos, por contradictorios -no en vano son adolescentes-, por poner de relieve nuestro monolitismo y nuestras rutinas desde su variedad cultural, religiosa y étnica, por mil situaciones y vivencias compartidas, difíciles de reflejar en este breve artículo. Gracias a ellos y a sus exigencias, ya sé algo más de leyes de extranjería y asilo, de respuestas educativas, de la importancia de una buena acogida, del juego de confianzas mutuas que establecemos en nuestras relaciones, de los ritmos y pasos más adecuados para facilitar una buena "integración" y una auténtica autonomía personal, de las condiciones contradictorias en las que hemos de ejercer la protección del menor, de las desigualdades y discriminaciones que sufren los menores inmigrantes, de los criterios políticos y disuasorios que siempre se terminan sobreponiendo al "bien superior del menor". Mucha "ciencia" adquirida gracias a ellos, pero, con todo, no lo más importante. Más valioso es aprender a ser mejores y ellos me han dado algunas lecciones fundamentales, haciéndome algo más humano y un punto menos egoísta, quizá también mejor religioso y, seguro, a ratos, más paciente y capaz de escuchar. Probablemente también les debo a ellos la revalorización y significatividad del cuarto voto que profesamos los mercedarios y que habla de entregar la vida en favor de los cautivos. A ver si me explico: no quiero decir que haya conseguido vivirlo en plenitud, pero sí que me ha ayudado esta experiencia a intuir su significado más profundo, su actualidad y su grandeza. Por eso, solo me queda dar las gracias a mis superiores por hacerme en su día esta propuesta osada, dando un voto de confianza a mi ignorancia supina, y reconocer que Dios, poniendo en mi camino a estos hermanos que sufren las nuevas esclavitudes de nuestro tiempo, ha ejercido en mi vida una acción liberadora. Pablo Pérez Pérez |
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