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Acogida Mercedaria

Lo de "visitar y redimir" era la quintaesencia -la razón de ser- de aquellos primeros mercedarios que se dejaron la piel por trabajar en favor de un mundo mejor, de un mundo feliz. Y uno se pregunta si lo consiguieron -si cambiaron el mundo por uno mejor-, y se responde -visto lo visto- que no es que la transformación fuese tan grande. Claro que cada uno hace lo que puede, lo que le parece, lo que Dios le da a entender y, en definitiva, lo que le da la gana. Tal vez sea una cuestión de ganas, de voluntad, de buena voluntad, lo de comprometerse por una causa que realmente merece la pena.

El caso es que a estas alturas de milenio, uno de los grandes problemas que azotan nuestra sociedad modernista es el de la recepción de inmigrantes, de desplazados, de personas que viajan de un lado a otro de la tierra. Y hablamos de grandes planes de acogida, de estructuras de integración, de fases de adaptación, de montones de iniciativas en favor de los desplazados, de los sin techo, de quienes llegan a nuestra sociedad procedentes de otras culturas y tradiciones.

Necesitaríamos sentarnos unos momentos a pensar en serio sobre algo de todo esto. Hacer una reflexión sobre de qué lado estamos. En que posición nos encontramos y ante qué situación quisiéramos estar. A fin de cuentas el compromiso por hacer un mundo mejor forma parte de esas opciones que uno adopta y asume a título personal, a sabiendas de las consecuencias que implica tomar una decisión madura de esas características.

Hace tiempo que los mercedarios se decidieron a poner en marcha una serie de planes de atención y acogida para quienes llegan a nuestra ciudad sin más que lo puesto. Ese tiempo hizo que la situación inicial desbordase todo tipo de previsiones y lo que entonces era una opción puntual se transformase en una de las necesidades más importantes de cualquier política gubernamental o plan de intervención de administración local.

La situación que atraviesan los refugiados, inmigrantes, desplazados y todas aquellas personas que provienen de un lugar diferente al nuestro es la causa de nuestra reflexión, el objeto del compromiso del que dependemos. A día de hoy, lejos de solucionar problemas a gran escala, el trabajo de los mercedarios con los desplazados se está volviendo la referencia obligada de un compromiso serio, radical y auténtico. Nunca como en la actualidad la obra mercedaria había llegado a tantas personas. El voluntariado desinteresado y el compromiso de muchas personas se ha convertido en un testimonio de esos que se traducen en modelo, ejemplo y referente a tener en cuenta.

Todo está muy bien pero uno nunca puede darse por satisfecho. Las miradas deben trascender las paredes de la propiedad. Necesitamos seguir creciendo, avanzando, abriendo nuevas posibilidades y creando otras perspectivas de trabajo. Mientras para unos la inmigración ha entrado a formar parte de los programas electorales, para nosotros es el resultado de una muy determinada determinación.

Somos conscientes de que un grano no hace granero, pero sabemos que ayuda al compañero. El trabajo y la opción de una casa de acogida, de un voluntariado social y el compromiso por ayudar a integrar a quienes vienen de otros lugares es algo más que una cuestión social. Detrás de una decisión de estas características está el espíritu evangélico de quien habló con una mujer samaritana, aceptó la palabra del leproso de Siria, del que se quedó a las puertas sanando a los contaminados que tenían prohibida la entrada en la ciudad. Será lo que sea, pero en el fondo se trata de una cuestión de "amor" y ante esa cuestión sobran todas las palabras.

Jaime Vázquez Allegue