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¿Amenaza o promesa? Hoy, en nuestra sociedad, se percibe un cierto miedo, que va en aumento, a las personas que han ido llegando de otros lugares, con distintas culturas y costumbres. Desde los medios de comunicación, al hilo de mensajes políticos interesados y de sucesos puntuales, se van trenzando cestos hechos con mimbres de estereotipos, generalizaciones y prejuicios que nos impiden retener las enriquecedoras aguas de la diversidad, de la convivencia y de la tolerancia. También en este caso, como dijo alguien acertadamente, "se nos enseña a ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa". Triste enseñanza que nos incapacita para el esfuerzo de encontrarnos con el otro. Se nos quitan las ganas de buscar en nuestro nuevo y distinto vecino su más profundo secreto, su gemido, su grito, su ritmo, su alegría, su credo, su esperanza todo lo que podría engrandecernos. Se nos enseña a mirar por encima del hombro, con superioridad y desconfianza. En nuestra cultura occidental, sin embargo, se ha predicado hasta la saciedad que todos los hombres somos hijos de un mismo Dios Padre y que debemos mirarnos y tratarnos como iguales, con la misma dignidad e idéntica grandeza. A los que participamos en este proyecto mercedario como trabajadores, voluntarios, religiosos de la comunidad, amigos, etc. nos gusta esta afirmación. Nuestra experiencia de cada día hace que el trabajo se termine convirtiendo en un reto y en una apuesta confiada. Y sabemos de lo que hablamos, porque en este momento, solo en la Casa madre de la calle Castelar convivimos personas de 13 nacionalidades y varias razas y credos; somos gente de Eritrea, Angola, Sri Lanka, Marruecos, Sierra Leona, Nigeria, Bangladesh, Ucrania, Irak, Guinea Conakry, Armenia, Colombia y España. Impresiona ver y sentir tanta vida, tanta diversidad, tanta alegría y tantos problemas tantas historias juntas. La vida discurre con una cierta normalidad. A veces pueden los problemas y, muchas otras, como en cualquier familia, ganan por goleada las esperanzas y la buena convivencia. Cuando esto sucede nos convertimos en un humilde "signo de los tiempos", de los nuevos tiempos en los que será posible la convivencia entre todos los hombres. Al atravesar la puerta principal de nuestra casa de Castelar, al final del pasillo, hay una hermosa lámina en la que una mujer africana sostiene en el regazo a su hijo pequeño. Es una bella representación mariana y, además, una invitación a que la ternura presida nuestras relaciones personales para que logremos ver más adentro, más profundo, y nos sintamos los unos a los otros como una promesa. Pablo Pérez Pérez
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