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La CASA de las Mil y una Vidas Visitar la Casa de Castelar o alguno de los pisos es encontrarte con mil historias, con los más diversos sentimientos, con vidas de pasados duros y muchos posos de tristeza. Pero también es encontrarte con chavales que te persiguen corriendo nada más abrir la puerta como Tamil, u otros que se alegran de verte aunque nunca hayas intimado con ellos y a los que dedicas la mejor de tus sonrisas. Cada día que pisas la casa hay noticias nuevas, buenas y malas: un permiso de residencia conseguido, un chaval que ha encontrado trabajo, pero también, una llamada desde África anunciando la muerte de un familiar, un chico que no se adapta... A los que llevan poco tiempo les cuesta abrirte su corazón y en su "macarrónico" español contestan a las preguntas con las que intentas mantener un diálogo. Víctor Lubayano y Samuel Vigihucambani, por ejemplo, son dos amigos que llegaron juntos de Angola hace cuatro meses. Víctor está haciendo un curso de formación en electricidad y confiesa que "pensaba que en España iba a ser todo más fácil". Su futuro lo ve como su compañero Samuel, de 18 años: "trabajar, tener casa y vivir aquí". Para Samuel "los españoles me han tratado bien y más los padres mercedarios". Los que llevan más tiempo, como Jonathan Fessahay, de 18 años y natural de Eritrea, no tienen reparo en contar su pasado: "Salí de mi país por problemas políticos, porque allí no tengo derecho de nacionalidad al ser Testigo de Hehová ". Antes de llegar a la casa hace un año y dos meses estuvo en Egipto y esta parada intermedia le ha hecho apreciar más algunas ventajas de nuestro país: "En España hay mucha libertad", dice. Considera que "el poder vivir aquí ha sido una buena oportunidad" aunque su sueño es reunirse con sus tíos y hermanos en Estados Unidos para lo que antes quiere "ganar dinero, trabajar y obtener el visado". Dice con franqueza que en estos últimos años "he aprendido que la vida es dificil", y otra cosa tiene clara: " En mi país no tengo nada, allí no quiero volver". El más veterano de la Casa de Castelar, Paiva, habla mejor que muchos de sus compañeros españoles de Instituto, donde cursa 4º de secundaria. Llegó de Luanda (Angola) con su hermano Gino, hace ahora tres años, cuando tenía 14. "Vine por motivos políticos y quiero volver, pero en un futuro lejano, cuando tenga una vida más estable" dice. "Cuando llegué -recuerda- estaba un poco asustado, porque la casa era muy grande y había mucha gente que desconocía, unos iban y otros venían. Ahora soy el más antiguo aquí. He visto llegar y salir mucha gente. Y "llega un momento en que la casa la sientes parte de ti". Reconoce que "los mercedarios me han ayudado muchísimo. Cuando hablo con gente de Angola no se imaginan el que haya personas viviendo en un sitio sin pagar, todo lo contrario, recibes dinero al mes y aún te pagan cines y la ropa". Quiere, por tanto, lanzar un mensaje a sus compañeros "Que se convenzan de que tienen mucha suerte, igual que yo. Yo creo que tiene suerte todo el mundo que conoce o se le ha cruzado en su camino el padre Pablo". También es agradecido con el resto de trabajadores: "Hay que reconocer que tenemos un gran equipo educativo, que se esfuerzan, trabajan mucho y desempeñan la función de amigo, padre, de tutor ..." Entre sus sueños que son "un montón", están "terminar el Bachillerato e ir a la Universidad, viajar a Inglaterra para aprender inglés y conocer más países de Europa". Elena Rodríguez-Avial
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