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EL QUEHACER HUMANITARIO EN FAVOR DE LOS REFUGIADOS · Con ocasión de entrevistas recientes con medios de comunicación españoles en torno a un llamamiento urgente del ACNUR ante una nueva situación de refugiados, un periodista me interrogó acerca de mi percepción o de las lecciones aprendidas de mi trabajo en esta organización a lo largo de estos 24 años. Esta pregunta me hizo reflexionar sobre un cúmulo de experiencias tanto traumáticas como enriquecedoras que viví durante mi trayectoria profesional en muchos países centroamericanos en los que me tocó desempeñarme como funcionario de este organismo internacional, y poder compararlas con los desafíos a los que se enfrenta el ACNUR en España y en el contexto europeo. Para mí fue un privilegio el poder trabajar con ACNUR en situaciones de emergencia caracterizadas por llegadas de altos números de refugiados salvadoreños y nicaragüenses a países de asilo en América Central, y acompañarles en el difícil proceso que implica vivir en campamentos cerrados, a veces bajo estrictas medidas de seguridad. Es muy duro asumir y tomar conciencia del impacto de vivir en dichas condiciones sobre todo en niños, que durante largos años no pudieron conocer otra realidad que la de esos campamentos, tratando de adivinar cómo era el mundo más allá de los alambres de púa que nunca pudieron atravesar. Durante el exilio de los refugiados fui testigo de la capacidad de los refugiados -y especialmente de las mujeres campesinas- para salir adelante, formarse y desarrollar sus capacidades de liderazgo para dar respuesta a sus necesidades. Esta formación les sirvió posteriormente para apoyar el proceso de reconstrucción de sus comunidades de origen a su vuelta al país, promoviendo la organización comunitaria en sus aldeas y dando voz a otras mujeres en su mayoría indígenas para reclamar la atención de las autoridades y la cobertura de programas gubernamentales. Estas experiencias demuestran claramente cómo los refugiados pueden ser actores políticos y contribuir a un proceso de paz, como la realidad en Guatemala pudo demostrar, ya que la repatriación de los refugiados fue un proceso importante en los acuerdos que condujeron a la firma de la paz en ese país, además de contribuir a la reconciliación de la sociedad guatemalteca y de promover el desarrollo en las zonas de retorno en beneficio de los repatriados y de la comunidad local. Otro de los aspectos que me sorprende es el giro que han tomado los conflictos en la última década, en los que no sólo la población civil es ya objetivo de las partes en conflicto, sino también las propias organizaciones humanitarias. Horroriza constatar cómo las banderas de las Naciones Unidas o de la Cruz Roja lejos de garantizar la neutralidad de la protección y asistencia a miles de personas en operaciones humanitarias, por el contrario, constituyen blancos estratégicos que han provocado el secuestro o el asesinato de decenas de trabajadores humanitarios como ha ocurrido en Timor Oriental, el Caúcaso, Iraq, Afganistán y en muchos países africanos. Me encuentro desde hace tres años representando al ACNUR en España y a lo largo de estos meses me impresiona la sensibilidad de muchos ciudadanos españoles y de muchas instituciones a favor de la causa de los refugiados en España y en el mundo. Al mismo tiempo no deja aún de sorprenderme cómo el continente europeo, como parte de sus políticas de control de la inmigración, ha limitado el acceso a muchas personas que necesitan la protección del asilo y el bajo número de reconocimiento del estatuto de refugiado. Esto contrasta con la generosa actitud de varios países centroamericanos y México que durante la década de los 80 brindaron asilo a tantos miles de refugiados que se produjeron como resultado de la convulsionada situación social que afectó a países de la región, generando un desplazamiento masivo de población civil hacia las fronteras de los países vecinos al escenario de los conflictos. Como en casi todos los éxodos de refugiados a escala planetaria,
casi el 70 % de la población bajo el mandato del ACNUR es acogida
por los países más pobres del mundo. El reto que nos planteamos
desde los países desarrollados es promover un mayor acceso de los
refugiados a lugares seguros para que puedan ser protegidos y promover
un programa de reasentamiento de refugiados que se encuentran en otras
latitudes, hacia estos países. Nuestro desafío desde España
también es continuar canalizando contribuciones de instituciones
públicas y de los ciudadanos para poder brindar protección
y ayuda humanitaria a los refugiados que tratan de reconstruir sus vidas.
Estoy profundamente convencido que el gobierno español, las organizaciones
no gubernamentales, las instituciones religiosas y el conjunto de los
ciudadanos españoles que nos están apoyando desde distintos
ámbitos en esta tarea, han asumido este desafío como compromiso
de solidaridad para apoyar a los pueblos más desfavorecidos que
pese a sus grandes limitaciones, continúan abriendo sus puertas
y ofreciendo lo que tienen a tantos miles de refugiados, víctimas
de conflictos olvidados.
Carlos Boggio
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