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DEPRISA, DEPRISA- Carlos Saura (1980) "Deprisa, deprisa" nos sumerge, desde el principio, en un mundo en el que sólo cuenta la supervivencia. Pablo y Meca, dos de sus protagonistas, empiezan la película robando un coche. Pero su delito no es el operativo organizado y elegante en el que se suelen convertir los atracos cinematográficos. Pablo y Meca son delincuentes callejeros y su robo es chapucero, inútil y gratuito. Todo sale mal y acaban siendo perseguidos. Hay que huir. Deprisa, deprisa... A partir de ahí, Carlos Saura nos cuenta, con estilo austero y sin melodrama, la vida de cuatro jóvenes: Pablo, Meca, Sebas y Ángela, la novia de Pablo, que acaba uniéndose al grupo. Los protagonistas quieren vivir la vida a ritmo frenético: roban, aman y asesinan sin pensar en qué sucederá mañana. "Deprisa, deprisa" es una película documento en la que no se juzga a los protagonistas. Porque detrás de la vida de estos chicos está lo que los antropólogos llaman "cultura de la pobreza". El concepto de cultura de la pobreza fue acuñado por el antropólogo
Oscar Lewis para definir un conjunto característico de valores
y prácticas que distinguen a algunas de las personas de bajo nivel
económico. Por ejemplo, según este antropólogo, entre
los excluidos es fácil encontrar un gran temor y apatía
hacia todo lo institucional. Esta desconfianza hacia todo lo que suene
a ayuda gratuita es bien conocida por los que trabajamos en estos temas
y, según Lewis es algo que se les ha inculcado desde la infancia.
El presente, por otra parte, se convierte en una carrera continua hacia
la gratificación inmediata. Quieren las cosas ya, y les resulta
difícil esperar a que el tiempo y el esfuerzo den sus frutos. El
título de la película de Saura lo dice todo: las cosas tienen
que venir deprisa, deprisa
Cualquier sueño que no sea inmediato
es considerado una pérdida de tiempo. Nunca entrarán en
sus planes ni estudios, ni trabajos en los que no se gane mucho dinero
fácil, ni amistades que haya a las que haya que dedicar tiempo
y esfuerzo. Cuando la circunstancia es tan devastadora, parece que poco puede hacer el ser humano. El resultado final es previsible, porque los caminos que llevan a hacer dinero rápidamente son siempre peligrosos. Lo inquietante de la "cultura de la violencia" es la facilidad con que se perpetúa. Por una parte, es fácil pensar que los padres trasmitirán a sus hijos esa forma de ver el mundo: es la suya y ellos creen que es la mejor. Por otra, si las circunstancias no cambian, pensar y sentir así es probablemente adaptativo: en un mundo de pocos recursos económicos, ganar y gastar rápidamente el dinero puede ser la mejor opción. El presente se convierte en la única certeza: el pasado es mejor olvidarlo y el futuro puede que ni siquiera exista. Por otra parte, desconfiar de las instituciones cuando se es pobre no parece precisamente paranoico. Romper esta cadena supondría intervenir, a la vez, en esa forma
de ver el mundo y en las condiciones económicas que la activan.
Mientras tanto, seguiremos teniendo cerca la exclusión y viendo
impotentes como se perpetúa. Carlos Saura había rodado años
atrás "Los Golfos". Los protagonistas de "Deprisa,
deprisa" podrían ser sus hijos. Los de "Barrio",
una reciente película de Fernando León, los hijos de sus
hijos. Y así hasta que nos decidamos a empezar a cambiar el mundo... |
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