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YEELEN- Souleymane Cissé (1987)

Luis Muiño

Que se ruede una película en África y que llegue a nuestras pantallas es prácticamente imposible: los dos hechos van en contra de la lógica del capitalismo. Pero hace muchas lunas (allá por el año 87 del siglo pasado) debieron juntarse unos cuantos locos que hicieron posible el milagro: "Yeelen", una película malinesa, se proyectó en algún cine de Madrid y Barcelona. Y eso permitió que algunos privilegiados asistiéramos a una película mágica y diferente. El título (yeelen significa "el camino de la luz"...) escondía una historia ambientada en el siglo XIII de aquel país. Pocas veces hemos podido ver en el cine algo tan distinto a nuestra cultura de origen. El público asistía a una historia en la que nada resultaba familiar: ni los paisajes, ni las relaciones que establecían los personajes, ni el sentido del humor. Era una de estas películas en las que quedaba claro que el que reía el último... es que no había entendido el chiste. Como comentaba un crítico después de su estreno, ninguna película de ciencia-ficción había conseguido lo que "Yeelen": hacer que, durante dos horas, el público europeo viviera en otro mundo.

La historia fascinaba, sobre todo, por el choque que supone para nosotros el encuentro con una cultura visual. La cultura europea está acostumbrada a intentar encontrar explicaciones para lo que ocurre. Lo que vemos habitualmente en nuestras pantallas son historias de causas-consecuencias: los acontecimientos tienen un origen que podemos encontrar. En "Yeelen", sin embargo, los hechos son imágenes que se adentran en el corazón sin necesidad de explicación. El guión nos muestra un mundo lleno de magia, espíritus y milagros que el protagonista, Nianankoro, un jóven guerrero, no intenta entender. Para él, contemplar la vida es suficiente: no necesita analizarla. La tolerancia a la incertidumbre, la capacidad que tiene el protagonista de andar por la vida sin saber qué es lo siguiente que va a ocurrir, es, desde el punto de vista euroamericano, completamente insensata. Nosotros necesitamos explicar el mundo para controlarlo y saber qué nos depara el futuro. Nianankoro se ríe de todas esas precauciones: le resultan esfuerzos inútiles. Como dice un viejo refrán africano: "Intentar controlar el futuro es como tratar de atar el aire con una cuerda".

La forma en la que los personajes parecen sentir el transcurso del tiempo es otra de las cosas que deja perplejo a un espectador europeo. Estamos acostumbrados a un modelo pensado hacia el futuro: para nosotros el tiempo va hacia algún sitio. Por eso en nuestra sociedad, la eficacia en la organización del tiempo es muy valorada. El tiempo es oro, y todo es posible mañana si uno se organiza y pone el suficiente empeño. En "Yeelen", por el contrario, el tiempo es circular: los acontecimientos se repiten con regularidad, la vida da vueltas alrededor de sí misma y no tiene mucho sentido intentar llegar a algún puerto. Es como si el protagonista pensará que, hagamos lo que hagamos, las cosas vendrán por sí solas. Nianankoro inicia su aventura dispuesto a luchar contra la élite corrupta que maneja su pueblo. Para eso, inicia un viaje que supuestamente tiene una razón de ser. Pero por el camino parece encontrar tantos motivos de asombro y aprendizaje que, cuando finalmente encara su objetivo, los espectadores europeos nos habíamos olvidado de cuál era la finalidad de su periplo.

Sin embargo, hay algo que sí es importante para el protagonista y que nosotros hemos olvidado: la armonía con los ritmos de la naturaleza. El protagonista mira continuamente al cielo para decidir cuándo seguirá su aventura, mira la tierra para saber si comerá y mira a los animales para saber si sobrevivirá. Los europeos, acostumbrados a una naturaleza que creemos dominada y de la que sólo nos acordamos en las grandes catástrofes, podíamos aprender en "Yeelen" cómo volver a mirarla.

Las investigaciones de la Antropología y la Psicología suelen llegar a una conclusión: el ser humano es idéntico, potencialmente, en todas las épocas y sociedades. Pero la obligada adaptación a nuestros ámbitos de realidad hace que desarrollemos más unas características que otras. Ver películas de culturas diferentes nos hace salirnos de esa limitación que nos produce el intento de ser competentes en nuestras circunstancias vitales. Nos hace ver que hay otras formas de ver el mundo, emocionarse y actuar que hemos apartado pero que podemos volver a recordar. Nos hace, en suma, acordarnos de que hay otras formas de ser... y que están en nosotros.