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CUENTOS ORALES AFRICANOS
Edición de Céline Clemence Magneche Ndé
Editorial Páginas de espuma S.L. 2004
¿Estamos para cuentos? Debiéramos estarlo. Hoy, más
que nunca. Porque hoy, más que nunca, son cuestionados y violentados
los valores, comunes o particulares, sobre los que las sociedades tradicionales
han construido su devenir, su progreso, sus normas de convivencia...,
todo ese equipaje de la conciencia que ayudaba a sus individuos a ser
auténticamente humanos.
La tradición oral, decantada en los cuentos que escuchábamos
de pequeños, era el hilo argumental que nos descubría, poco
a poco, relato a relato, las emociones y los valores constitutivos de
nuestra sociedad, invitándonos a hacerlos nuestros. ¿Quién
ocupa hoy su lugar? Según la especialista Céline Clemence,
responsable de la recopilación y edición de los cuentos
orales africanos objeto del libro recomendado, es la televisión
la que nos impide "contar", y no está ahí precisamente
para promover la cultura de la paz ni para enseñarnos a respetar
los valores fundamentales de nuestras respectivas sociedades, sino para
difundir la cultura de la deshumanización.
"Contamos para que el mundo no desaparezca". Así suelen
comenzar sus relatos los narradores bansoa cuando, al anochecer, finalizados
ya los trabajos del día, se reúnen en grupo para descubrir
los vínculos que unen el pasado con el presente y repasar los valores
seculares de su comunidad, intentando afianzarlos y protegerlos de los
golpes rotundos que va asestando indiscriminadamente una modernidad más
interesada por la competición pura y dura y por la eficacia que
por el bien común.
Merece la pena leer este libro, sobre todo si se hace de manera desprejuiciada,
con el deseo de aprender de otra cultura sin juzgarla previamente desde
la nuestra. Se trata de una recopilación de cuentos orales africanos
recogidos en Bánsoa (Camerún) por la doctora Céline
Clémence Magnéché Ndé, quien se encarga además
de introducir la edición con un resumen de su Tesis Doctoral, leída
en la Universidad de Zaragoza y dedicada a la literatura oral de este
pueblo del oeste de Camerún.
¡Qué lo disfrutéis y que sepáis que esto "ocurrió
de verdad" en África.
Pablo Pérez Pérez.
(Fragmentos:"El Viñador y el Viejo" )
"- ¿Verdad que esto ocurrió?
- - Sííííí -Contesta el auditorio.
- Una vez, en un pueblo, había una hambruna terrible a causa
de la sequía. No había nada para comer. Todo estaba seco.
En aquel pueblo vivía un viñador y sus hijos y mujer.
Eran tan flacos que se les veían las costillas. El viñador
estaba desesperado. Seguía manteniendo a sus hijos en vida gracias
al escaso vino que recogía en su viña. Pero incluso este
vino iba escaseando cada día más. Lo primero que hacía
cada mañana cuando despertaba era ir a la viña a recoger
el precioso líquido, y volvía allí tres o cuatro
veces al día.
Así que un día, cuando estaba llorando en la viña,
sentado al lado del calabacín vacío con el que recogía
el vino, alcanzó a pasar por allí un viejo muy viejo,
con el pelo blanco y larguísimo, desnudo, que andaba apoyándose
en un bastón. Cuando el viejo lo vio sentado y llorando, le preguntó
qué le pasaba. El hombre le contó que no había
recogido ni una sola gota de vino, y que sus hijos y su mujer se iban
a morir de hambre. El viejo se apiadó de él y le dio una
olla de barro. Le dijo que cuando quisiera comer, que dijera: "Olla,
tengo hambre", manteniendo la olla y los ojos cerrados, y luego,
tras pronunciar aquella fórmula, que abriera los ojos y la olla.
El viñador cogió la olla, le dio las gracias y, tan pronto
como el viejo desapareció, cerró los ojos, pronunció
la fórmula, y al abrirlos de nuevo vio que la olla estaba repleta
de suculentos manjares. Se sentó y se zampó toda aquella
comida en un abrir y cerrar de ojos. Luego cerró los ojos de
nuevo, volvió a pronunciar la fórmula, y otra vez al abrir
los ojos vio que la olla estaba nuevamente llena de comida. Cerró
la olla y la llevó a casa corriendo. Una vez allí, le
dio de comer a su familia. Todos comieron hasta hartarse. A partir de
aquel día, ya no pasaron hambre.
Pero un día, el viñador, picado por el gusanillo de la
curiosidad, quiso saber cómo se llenaba de comida la olla. Entonces,
al pronunciar la fórmula mantuvo los ojos abiertos y la olla
abierta también. ¡Abiertos! Para ver qué iba a pasar.
Algunas personas son muy duras de cabeza. La olla no sólo no
se llenó de comida, sino que desapareció. Sí, señores.
¡Desapareció! Entonces el pobrecito empezó a llorar,
pero con eso no cambió nada. Nunca volvió a tener la olla
mágica. El hambre volvió a su casa y se murieron todos,
pues nadie quiso darles de comer porque cuando tenían la olla
ignoraron a todos los vecinos. Y el cuento se acabó.
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