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Jonathan, joven refugiado de Eritrea Testimonio de Jonathan en el Congreso de los Diputados con motivo del Día Mundial del Refugiado (20 de junio de 2003). Mi historia es la historia de muchos jóvenes del mundo: no estamos donde tendríamos que estar ni vivimos donde decidimos vivir un día. Estoy agradecido a España por haberme dado un trabajo, un hogar provisional, algunos amigos y hasta casi una identidad ante el mundo, pero yo no nací en este país, sino en Eritrea; allí tengo mis raíces y en Asmara crecieron mis primeros sueños de futuro. Cuando tuve que romper con lo que me era más familiar, por los motivos que luego os explicaré, España tampoco era mi destino. De cualquier manera, aquí estoy. Sé que soy afortunado porque tengo una tierra de acogida, pero, al mismo tiempo, sé que es una tierra provisional: deseo con todas mis fuerzas estar junto a la poca familia que aún me queda; quizá así recupere del todo esa sensación perdida de seguridad, de confianza, de estabilidad. Dicen que tengo que hablaros hoy, representando a los miles y miles de niños y jóvenes del mundo que han sufrido persecución y se han visto obligados a dejar sus tierras, sus lenguas, sus culturas, todo lo que más querían, a causa de la locura de otros hombres. Es mucha responsabilidad, pero seguro que perdonaréis mi atrevimiento si me limito a hablaros de lo que sé, de mi vida, que no es más que una pequeña gota en el océano del sufrimiento de los refugiados y que es, al mismo tiempo, gracias a vuestra generosidad, un lago de esperanza en el que las aguas se van remansando poco a poco. No sé si os lo he dicho ya, pero me llamo Jonathan. Nací en Asmara (Eritrea). Mi madre murió cuando yo tenía dos años, de la misma enfermedad que mueren muchos vecinos y familiares vuestros: de cáncer. Mi padre falleció hace apenas un año, también a causa de un mal frecuente en vuestra sociedad: de un ataque al corazón. Pero entre una muerte y otra pasaron muchas cosas. Mi padre era un hombre valiente que luchó por la independencia de mi país. Cuando conseguimos separarnos de Etiopía, las cosas no le fueron demasiado bien con el nuevo régimen y tuvo que exiliarse en Sudán. Más tarde consiguió rehacer su vida en EE UU. Mis abuelos se encargaron de hacer las veces de padre y madre. Ellos quisieron que estudiase primero en un colegio católico y luego, en uno del gobierno. También fueron ellos los que me trasmitieron su religión: antes de nacer yo, mi abuelo era ortodoxo y mi abuela, católica. Juntos se convirtieron en Testigos de Jehová y esa es mi religión desde pequeño. En ella me enseñaron que no puedo coger armas ni hacer daño a mis semejantes. Un día, cuando ya había cumplido los 16 años, al salir de clase, gente del ejército me paró y me pidió la documentación. Enseñé el carné del colegio, Ya que los testigos de Jehová no tenemos derecho a tener pasaporte en mi país. En ese momento estábamos en guerra con Etiopía y los jóvenes debían ser reclutados para ir a luchar. No creyeron que yo tuviese 16 años, así que me detuvieron y me llevaron a una pequeña cárcel. A los tres días comenzaron a entrenarme a la fuerza, pegándome con una vara y obligándome a caminar sobre los codos y las rodillas. Como insistí en las obligaciones de mis creencias religiosas, me enviaron a otra prisión hasta que aceptase ir a la guerra. Yo estaba muy asustado porque no sabía nada de mi familia y las condiciones y el trato eran cada vez más duros. Algunas de las celdas no tenían tejado, así que hacía muchísimo calor; con nuestras ropas colgadas y la manta que hacía las veces de colchón, conseguíamos crear un poco de sombra y aguantar a duras penas. La comida era muy mala: todos los días lentejas que nadaban en un caldo, acompañadas de un pan muy duro. Jugaban con nuestros miedos y los hacían crecer para que cambiásemos de idea. A veces sacaban de la cárcel a algunos de los que se negaba a ir a la guerra. Al rato sonaban disparos, haciéndonos creer que los habían matado. De todas maneras, algunos ya no volvieron nunca. Ese es uno de mis recuerdos más duros. Pero después de todo, yo tuve suerte. Cuando ya había pasado un mes en la nueva prisión, uno de los guardias me llevó junto al jefe de la cárcel. Me preguntó cómo me encontraba y me invitó a subir a un coche muy grande. Yo estaba muerto de miedo, asustado por tanta amabilidad. Me llevó a Karen, una ciudad pequeña, donde me esperaba mi abuelo. El se tuvo que gastar todos sus ahorros para conseguir mi libertad y los documentos que me permitiesen salir del país. Ya os he dicho que los Testigos de Jehová no tenemos derecho a tener pasaporte, ni DNI, ni nacionalidad. El hecho de que mi padre tuviese la nacionalidad norteamericana facilitó mi documentación. Eso, y el dinero de mi abuelo y la avaricia de este jefe militar. Regresé a mi casa unos días. A las dos semanas vinieron a buscarme dos soldados, diciendo que me había escapado de la cárcel. Menos mal que había salido a hacer unos recados y no me encontraron. Por lo visto, el jefe de la prisión se guardó el dinero en el bolsillo y la verdad en su conciencia. Así que para evitar que me detuviesen de nuevo, mi abuelo y unos amigos organizaron mi salida del país. El viaje no salió como estaba previsto, ya que tendría que haber llegado a Honduras, para poder reencontrarme con mi familia en EE UU. Una cosa aprendí en este viaje que, de momento, terminó en vuestro país: la cantidad de personas que hay en el mundo aprovechándose de las desgracias y necesidades ajenas. A pesar de todo, casi tendría que darles las gracias por haberme traído hasta un lugar seguro. Creo que no podría haber llegado aquí de otro modo. En el aeropuerto de Madrid me dijeron que tenía que regresar a Eritrea. Pedí asilo y entonces me llevaron durante tres días al centro de primera acogida de Hortaleza. Después pasé a una de las casas para refugiados e inmigrantes menores y jóvenes de los Padres Mercedarios. Ese ha sido mi hogar durante todos estos últimos meses de mi vida. Allí he conocido a muchos otros chicos que han vivido situaciones parecidas o, incluso, peores que las mías. He continuado un tiempo con mis estudios; he aprendido una nueva lengua -la vuestra- y he asimilado algunas costumbres nuevas. Cuento con el aprecio y el cariño de los educadores y de los religiosos que han respetado mis creencias y me han enseñado a respetar las de los demás. El estado español me ha concedido el estatuto de refugiado, que me permite afrontar el futuro con más serenidad y sin tanto miedo. Desde hace unos meses estoy trabajando en la construcción y, por las noches, hago funciones de cuidador en uno de los pisos de jóvenes del programa LA MERCED, junto al amigo Samir, así que soy, de alguna manera, un joven educador que intenta devolver algo de lo que recibió. No todo ha sido fácil en este tiempo, ni lo será en el futuro. Lo sé. Mi mayor frustración es no haber podido reunirme con mi familia, a pesar de que desde mi centro intentaron por todos los medios la reagrupación familiar por ser menor de edad en ese momento. La peor experiencia fue que, cuando ya estábamos a punto de conseguirla, mi padre murió de repente. Sentí como mi corazón se partía en mil pedazos. Y más sufrí cuando no me permitieron ir a su entierro: sé que algún día podré visitar su tumba. ¿Qué más contaros de mi vida? Quizá dos cosas que me parecen importantes: que, a pesar de todo, tengo esperanza y he conseguido no amargarme y que he aprendido a ser fuerte. Se lo debo a Dios y a las personas que aquí me han ayudado. Gracias a todos y gracias por escucharme y compartir un poco de mi vida. La ayuda que me habéis prestado tiene que continuar existiendo. Si pudisteis hacerlo conmigo, lo podréis seguir haciendo con otros muchos que lo necesitan, con muchos niños y jóvenes a los que se obligará a dejar sus países, con los miles de refugiados que hay repartidos por el mundo, algunos de los cuales llegarán hasta donde yo llegué por un error de visado: a España que, en este momento, es más mi tierra que mi propia tierra.
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