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Los Ojos que me Hablan Soy colaboradora en la Casa de Refugiados e Inmigrantes Menores no acompañados, que los Mercedarios tienen en Madrid. Llegué hace un año y me encontré con esta gran familia que tan bien me acogió. Una familia con algo especial en la mirada. Algo que sorprende. Al principio lo que me llamaba la atención era el color de su piel, del blanco al negro, pasando por una gama inclasificable de matices. Después descubrí que sus ojos despedían un brillo especial. Comencé pensando y terminé sintiendo. Mi primer reto era cómo ganarme su mirada. Claro, ellos vienen de pasar verdaderas heroicidades, "películas" de acción, de guerra, de pobreza,… en su historia. Dejan todo, su familia, sus amigos, sus derechos, el ambiente donde saben desenvolverse, y se vienen aquí, sin nada más que la ropa puesta. Llegan agotados, asustados, arriesgan su vida para conseguir una oportunidad, algunos salen despavoridos de una guerra donde han matado a su familia. Se encuentran con personas nada agradables. Como me decía uno de ellos "ni tan siquiera me miran a los ojos". Que fácil es negar una mirada, pero qué duro lo vive quien la busca y no la encuentra, o, si la encuentra, es tan dura que mella y ya no quiere mirar. Qué indigno te puedes sentir. De esto se trata, de devolverles la dignidad, este es el reto verdadero, es lo que intentamos todos los que trabajamos en la casa, es la liberación de los cautivos, de los pobres entre los pobres, los que no tienen nada, ni tan siquiera se les reconoce su dignidad. Cuando llego a la casa, generalmente por la tarde, casi todas las habitaciones están ocupadas dando clase de castellano, de matemáticas, de lo que se necesite. A última hora, todos van a ver la televisión, y nos sentamos con ellos, ya sin tener nada especial que hacer. Nos gusta charlar con los chavales, preguntarles por sus cosas, las clases, los amigos. Su gran afición es el fútbol. A veces tengo que empollarme los partidos de la semana y cómo va la liga, pues saben un montón y no puedo seguir el ritmo. Generalmente la conversación deriva a otros temas, me cuentan cosas de su familia, de su país, cómo se vive; últimamente me enseñan fotos, y les encanta que les saque parecido con alguien, se sienten muy orgullosos de sus hermanas y sobrinas, se les ilumina la mirada. Disfruto muchísimo, me gusta preguntarles sobre sus metas, lo que quieren conseguir, sus opiniones personales,… En este ambiente casero es donde se cuecen partidos de fútbol, que se juegan los fines de semana y en los que los colaboradores quedamos en ridículo. Hay épocas, como la Navidad, en las que recuerdan más a su familia, y algunos se sienten tristes y sensibles. Esto parece que se contagia, y tenemos que hacer un esfuerzo para animarles, y para que se sientan como en casa. Lo pasan mal, y a veces nosotros también, porque basta con que estén en un mal sitio en un momento dado, para que nos llamen de la policía diciéndonos que están detenidos. Tan solo hablaban con gente de su país, pero no todo el mundo es bueno aunque tenga tu misma lengua, esto algunos lo aprenden rápido, pero otros tienen que pasar por la comisaría para saberlo. A veces, alguno se ha marchado sin decir nada, ni tan siquiera adiós. Eso te deja el corazón encogido y te preguntas qué es lo que has dejado de hacer para que se sintiera a gusto. Hace bien poco ocurrió esto, el chico llevaba bastante tiempo en la casa y yo le había cogido mucho cariño. Cuando me dijeron que se había ido, se me escapaban las lágrimas. Estaba perdiendo una oportunidad, pero no se daba cuenta. Tardó dos días en volver. Sentí que tenía que darle un gran abrazo de bienvenida. Me contó que había tenido un bajón de ánimo y deseaba volver a ver a su familia, porque lleva desde los doce años fuera de su casa. La verdad es que con el tiempo, cuando ya te conocen, son muy cariñosos. Zakaría, cuando me saluda me coge las manos, gesto que me encanta. Un día al despedirme de George, le di un beso, y enseguida me reclamó él otro; yo le dije que a las personas con quien tengo mucha confianza y a las de mi familia les daba sólo un beso, me miraba sorprendido y me sonreía, yo casi me derrito. Bernardo tiene una ternura especial, aunque se refugia detrás de una mirada seria que impone, me gusta descubrirle mientras los viernes meriendo con él. Buscábamos un sitio donde realizar la objeción, me refiero a mi novio y a mí, con la intención de seguir una vez finalizada. Queríamos un lugar donde las cosas se hicieran de una forma especial, con un cariño especial, con una humanidad especial. Los primeros encuentros, que fueron en grandes reuniones, días festivos de la casa, fuera de la rutina pero dentro de ella, como luego pudimos comprobar, estaban impregnados de un ambiente cálido de familia que enseguida se respira. Ahora nosotros tenemos la suerte de compartir la vida de ellos. Carmen Compañ Santisteban
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