Documentación
Diversidad y Encuentro
Artículos Publicados
Carta de un inmigrante africano a la sociedad
Somos los VIPS del VIH...y de tantas cosas
Diversidad: la carcajada de Dios
Los tontos prejuicios del tonto
Gracias por dejarme acompañaros
Confesiones de un ingrato
¡Torre Humana en el Obradoiro!
Campamento Intercultural
No fue una semana cualquiera
¡Ya han pasado 9 años!
Claves
Nuestra Casa, abierta al Mundo
Diversidad: la carcajada de Dios
Pablo Pérez Pérez

“El hombre piensa, Dios ríe”
Proverbio judío

En la Casa de LA MERCED –casa abierta al mundo y a lo diverso- cabemos muchos y muy diferentes. Nos distinguen nuestros credos, las heterogéneas culturas de procedencia y las identidades primeras en las que se enraizaron los pasos de nuestra infancia, el color de nuestra piel, los ritmos preferidos, fruto de lo mamado y lo asimilado, con la interferencia inevitable de la edad, los idiomas, el sentido del humor y de la amistad, la percepción distinta de la gratuidad y hasta del tiempo, la fortaleza física o psíquica... Nos sabemos diversos, pero aspiramos a sentirnos iguales y a tratarnos con idéntico respeto. Queremos que esa diversidad sea nuestra principal fuente de riqueza y no sólo el manantial del que brotan todos los conflictos. ¿Es posible? La mayoría de los días, sí.


Como sentenciaba el título de un libro publicado hace ya unos años, “DIOS RÍE” . No siempre somos capaces de percibir esa predisposición divina a la alegría: son muchos siglos de representaciones teológicas con el acento puesto, a piñón fijo, en el dios juez, implacable y un tanto resentido. Quizá la primera humorada de Dios fue el acto creador, expresión de un amor infinito que quiso ser compartido y propagado, haciendo que resonase esa voluntad como una gran carcajada capaz de comunicar la omnipotencia divina en forma de pequeñas y diversas manifestaciones de lo INFINITO, distintas en cada uno de sus hijos. Tal vez por eso nuestras personalidades son diferentes; nuestras culturas de procedencia, dispares; nuestra capacidad intelectual o manual, descompensada en unos y equilibrada en otros; nuestro sentido del ritmo, inexistente o excelso, al igual que nuestra facilidad o torpeza para aprender idiomas o para la interpretación afinada de melodías; el color de nuestros ojos y de nuestra piel, inclasificables, aunque muchos se empeñen en contenerlos en cuadrículas de razas imposibles e inexistentes... Y como una noria infinita que gira y gira o una línea histórica de salvación, ahí están interaccionándose el juego constante de las semillas sembradas creadoramente y el ejercicio del gran don de la Libertad, recreando una y otra vez la Diversidad de Dios emanada de su Unidad. Así es la historia y esa es la Historia de la Salvación: sentirnos únicos y sabernos iguales a los demás, transformando esa certeza en respeto y en amor que nace del Amor.

El creyente converso lo expresará afirmando que “ya no hay distinción entre judío y no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer...”, aunque todos entendemos que el varón sigue siendo varón, la mujer, mujer y el judío, judío; lo que ocurre es que esas identidades distintas no mermarán nunca su dignidad ni sus derechos, por tener todos la misma condición de hijos de Dios. El filósofo sostendrá que “identidades culturales hay muchas, pero la única identidad civilizada que de veras cuenta es la identidad humana” (Fernando Savater). Y el sabio popular lo pintará en un muro de Lisboa, haciendo un juego de palabras y de flechas muy significativo y con una posible primera lectura horizontal –­­“Nunca diferentes. Iguais sempre”­­­­-­­­­­­­­­­­­­­ y otra vertical –­­“Nunca iguais. Diferentes sempre”. “Iguales siempre”, porque todos estamos hechos a imagen del único Dios; hay una dimensión profunda en todo hombre que es la que nos asemeja y nos iguala, haciéndonos titulares de la misma e inviolable dignidad. “Siempre diferentes”, diversos y nunca iguales, porque, como humanos que somos, no podemos ni contener ni comprender la totalidad de Dios, sino únicamente una parte de su diversidad infinita.

Y tras la primera carcajada creadora, otra gran carcajada divina, convertida en la máxima manifestación de Dios: su Encarnación, interpretada por el profesor Peter Berger como “RISA REDENTORA” en el título de uno de sus libros más fascinantes.

Una risa cargada de entrega radical, de interés por el otro, de apertura y tolerancia, de aceptación; de amor, en definitiva. O “nosotros con los otros” , o “nosotros contra los otros” . Todos entendemos que encerrarnos en nosotros mismos, egoístas e insolidarios, nos empobrece y nos limita. Quizá ya es hora de trasladar esta verdad incuestionable de las relaciones interpersonales al terreno de las relaciones entre las culturas y los pueblos, aunque solo sea por amor a nuestra propia cultura y por puro afán de supervivencia. Lo expresa acertadamente Enzensberger al afirmar que “cuando más intensamente se defiende y cuanto más se amuralla una civilización frente a una amenaza exterior, menor será lo que finalmente quede por defender”. O dicho de otra manera: mayor será nuestra pobreza, más limitada nuestra lucidez y mucho más pobre nuestra experiencia de encuentro con Dios cuanto más rechacemos la diversidad.

Detrás o dentro de las culturas diversas de los humanos está la suma de muchos corazones y dentro de los corazones siempre está Dios, como contaba la historieta citada por José Mª Cabodevilla en su libro “La jirafa tiene ideas muy elevadas”: Dios quería jugar al escondite con el hombre y pidió consejo a sus asesores sobre dónde ocultarse; uno le sugirió el bosque, otro el fondo de las aguas, otro el cajón de un armario; pero el más sabio de ellos le propuso: “Escondeos dentro del corazón del hombre, es el último sitio en que éste se le ocurrirá pensar” .

Dios no deja de reír y así será hasta el final de los tiempos. Dios reirá el último y, eso sí, entre la risa del principio y la risa escatológica del final tenemos la oportunidad de “reconocernos” iguales en nuestra infinita y divina diversidad y de encontrarnos con Dios... o de seguir jugando al escondite.